Sonsoles Meana
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Mapa de África
Diario de viaje Mozambique

Recorriendo Mozambique en 20 días, la maravillosa Illa de Mozambique (4 parte)

By on 27 Octubre, 2016

1 de agosto (Pemba-Illa de Mozambique)

Estoy sentada al borde del oceáno siendo testigo de uno de los crepúsculos más bellos de este viaje. Esperar a ver esconderse el sol es todo un ritual.

La isla de Mozambique es una maravilla. Acabamos de llegar, estamos extenuados El viaje ha sido agotador, de los más duros que he hecho. En Mozambique no funciona el transporte público y los viajes en chapa se convierten en un suplicio. Hemos cambiado de vehículo cinco o seis veces. En Pemba no hay estación de chapas. Se cogen en un punto según pasan. No ha habido suerte. No vamos junto al conductor sino hacinados con todo tipo de personas, niños, comida, sacos, fardos, animales, etc. Mi maleta roja descansaba apoyada durante el viaje bien cerca y a mi vista.

Mi maleta roja camino de la isla de Mozambique
En este viaje tan agotador, las chapas han parando en cada pueblo, en cada barrio, cada kilómetro donde vendedores de todo tipo se aproximan a vender mercancías a los viajeros, gallinas vivas cogidas por el pescuezo, huevos, frutas, verduras, todo tipo de aves, bollos, panes, naranjas, anacardos, mandioca, bebidas que arriman a mi ventanilla. He comprado pan por desayunar algo y templar mi estómago.

Vendedor de huevos en el camino a isla
El viaje ha sido demoledor pero las tierras y los pueblos de Mozambique son hermosos. El paisaje es espectacular. Estamos muy cerca de la frontera de Tanzania, cientos de acacias, mucho verde, fantásticos ríos africanos. Las mujeres y los niños se bañan en el río, lavan la ropa y todo tipo de objetos, en aguas de color marrón oscuro. En África todo se limpia en el río. El espectáculo es soberbio.

En el río todo se lava
Ya estamos en la Isla de Mozambique. Hay un largo puente que une continente e isla. Vamos a cruzarlo a pie arrastrando nuestra maleta roja cuando alguien nos dice que son tres kilómetros de puente. Hace un sol que tumba. Asqueados de tanta chapa, cogemos la última del día para cruzarlo.

Puente para llegar a la Isla de Mozambique
La isla es preciosa. Se divide en dos poblaciones. Sus habitantes viven de la explotación de los recursos naturales procedentes del mar. Tiene una atmósfera singular, sus edificios desvencijados, destartalados, coloniales, medio en ruinas pero conservando la grandiosidad olvidada de la época colonial. Un infinito sabor decadente lo rodea todo. La isla está superpoblada. Sus habitantes usan la playa como baño público. Hay carteles que informan que la playa no es un water. En esta isla, patrimonio de la humanidad desde 1991 aunque no se nota, viven unas diez mil personas sumidas en una atmósfera de decadencia, deterioro, pobreza y miseria.

Fantastica isla de Mozambique

Isla de Mozambique y los waters

Casa en la Isla de Mozambique

Vamos a coger un hotel que nos ha recomendado Rafa. La Casa das Ondas.

Casa das ondas en la isla de Mozambique
Es una casita blanca frente al mar con las islas de Goa y Sena enfrente. Nos han dado una bonita habitación con mosquitera. Vamos a quitarnos el agotamiento y polvo del viaje. Me lleno de tierra roja cada vez que me meto en una chapa. Todos los días acabo de barro hasta las orejas.

Otra casa en Isla de Mozambique
La tarde nos deja un atardecer magnífico. Un hermoso paseo por las callejas de este lugar espectacular

Atardecer en la isla de Mozambique

En la isla hace un viento espantoso que te lleva. No se como se puede vivir con esta ventisca. La isla es bellísima. Aunque estamos muy cansados. El viaje ha resultado ser una prueba africana, de las duras, pero somos capaces de saborear y dejarnos llevar por el ambiente y la atmósfera que tiene este lugar. Hemos encontrado “El Escondidinho” que nos ofrece una maravillosa cena de camaroes del mar. Empieza a caer una tormenta de agua africana, brutal, violenta, feroz, parece que se va a hundir la terraza en la que cenamos. Mañana aprovecharemos para conocer mejor la isla.

Las calles de la Isla de Mozambique

2 agosto (Illa de Mozambique)

La Casa das Ondas es muy bonita. Tiene solo tres habitaciones. Vamos a coger un guía local. Se llama Edy. Es un profesional. Vamos a recorrer la isla con todo su esplendor colonial muy relacionado con la compraventa y tráfico de esclavos. Los capturaban en el continente, los dejaban en la isla, a la espera de los barcos que los distribuían a América, Brasil, etc. Recorremos las fortalezas portuguesas de la época colonial que tan bien describe Mankel en su libro “El ángel impuro”. La isla es bellísima, indescriptible. Esta tarde vamos a recorrer el barrio de los pescadores. La isla es musulmana en un 80%. La gente es amable y acogedora. Es una delicia perderse por sus calles a la caída de la tarde con el mar fiero, feroz, embravecido e impetuoso rompiendo violento en el paseo.

Playa de la Isla de Mozambique

Langostas en la Isla de Mozambique

Edy

Edy

Los niños, radiantes, sonríen en la puerta de sus casas. Las mujeres se peinan unas a otras dejando pasar y caer la tarde. En África, la gente se sienta a la entrada de su casa a ver pasar el día.

Niñas a la puerta de su casa en la Isla de Mozambique
La tarde se apaga, cada día es distinto y mejor que el anterior. Esto es una maravilla. Vamos a acostarnos que mañana hay que madrugar.

Juegos en la isla de Mozambique
No es fácil salir de la isla, Hay que atravesar el puente. Hemos contratado la salida a las cuatro de la madrugada. Nos vendrán a buscar para cruzarlo y coger una chapa. Es un esfuerzo sobrehumano pero el transporte público sale a estas horas en este país. La cocinera de la Casa das Ondas nos ha prometido que nos dejaría agua caliente para tomar café y pan. Por lo menos desayunaremos algo.

Una casa de la Isla de Mozambique

Hemos conocido a dos parejas de españoles esta tarde en la isla que recorren el país en chapa. Son de Madrid y vienen desde Maputo hacia el norte, a la inversa que nosotros. Dicen que están exhaustos, extenuados, agotados, consumidos, y muy fatigados. Ha sido muy duro llegar hasta aquí. Nos aconsejan coger un avión. Entre los viajeros por el camino, se intercambian experiencias, sugerencias, advertencias, consejos, información. Todo viene bien. Es el mejor testimonio para nosotros que vamos diseñando la ruta cada día.

Nos dicen que el archipiélago de Bazaruto es increíble. Nosotros tenemos previsto ir al lago Malawi pero con lo que nos cuentan, tenemos que reflexionar. Para ellos, el viaje en chapa ha sido un infierno. Tres días de interminable ruta. Han compartido parte del camino con un féretro y la familia del muerto que también se trasladaba en su chapa para ir a su poblado a enterrarle. Esto es África y esta africanada sólo es posible aquí. Ya había escuchado historias de viajeros que habían hecho su recorrido con un cadáver pero estos chicos lo cuentan de primera mano. Describen la carretera tan peligrosa con conductores suicidas que ellos estaban más preocupados de que no se durmiese su conductor que del muerto que llevaban al lado, es la pura supervivencia.

3 de agosto (Illa de Mozambique)

Así es l’Afrique, lo que ayer estaba cerrado hoy ya es humo. Son las cuatro de la madrugada, noche cerrada y estamos esperando que venga a recogernos el taxi que concertamos ayer tarde. La cocinera tampoco ha dejado ni cafe, ni agua caliente ni pan. Son las cuatro y media y el conductor no llega. En este continente nada es lo que parece.

Isla de Mozambique y sus niños

Sabemos que hay un mozambiqueño durmiendo en la Casa das Ondas con su mujer. Le vimos ayer tarde porque ocupa una habitación enfrente a la nuestra. Alguien dijo que se va hoy también de la Illa. Es nuestra penúltima oportunidad para salir de aquí. Le asaltamos en cuanto sale de su cuarto. Es un encanto. Se llama Agostiño, trabaja en Cáritas. Nos va acercar en su pickup a 50 kilómetros de Nampula. De ahí, queremos llegar a Gurue, si es posible, hoy mismo. Dicen que Nampula es muy peligrosa. Los españoles que conocimos ayer, salieron por pies. Los ladronzuelos trabajan en grupos organizados, te rodean, intimidan y en un segundo, te despluman. Agostiño también nos avisa. Antes de dejarnos acuerda con otra pickup nuestra llegada a Nampula. Nuestro nuevo salvador es un indiano. En Mozambique hay muchos indianos que se dedican al comercio. Nos acerca a Nampula en su coche. Esto es vida, trasladarse en cochazos y no en chapas que acaban contigo. También nos advierte del peligro de Nampula. Nos deja donde pasan las chapas para Gurue. No hay nada que vaya directo. Tenemos que coger una chapa hasta el Alto Molucué.

Chico camino de Gurue

Llegamos cuatro horas más tarde en unos asientos más o menos aceptables. Únicamente hemos tomado en todo el día, una tortilla en la barraca de un somalí de la Somalia británica. El lugar es un barracón muy cutre. No tiene ni café. En la televisión, Al jazeera. Al pagar, nos equivocamos y en vez de dar un billete de 100, dimos uno de 1000 que al cambio son 25 euros. Ni idea del error cometido. Abandonamos el barracón. El somali viene a buscarnos devolviéndonos el dinero que le habiamos dado de más. Un impecable somali que me hace pensar en los absurdos prejuicios que tenemos en Europa sobre esta gente. Somalia nos recuerda a piratas y saqueadores. Sin embargo, la mayor parte de los somalies son de una honestidad intachable de la que muchos de nosotros deberíamos aprender.

El río Molocue divide a la ciudad en dos. La localidad es sucia y polvorienta. En este lugar va a comenzar la africanada del día, la más surrealista de nuestro viaje. Es la una del mediodía. Llevamos dos o tres horas esperando sin haber comido absolutamente nada. No aparece ninguna supuesta chapa con destino a Gurue. En este pueblo dicen que de vez en cuando pasa una. La situación se complica. La tarde es echa pronto encima porque en este país anochece pronto y de noche no se debe viajar.

Hacemos dedo por si algún coche va a Gurue pero nadie va a Gurue. Escuchamos que el camino es de tierra y muy malo. Nadie nos dice exactamente a cuantos km se encuentra. Empiezo a pensar que Gurue no existe salvo en mi cabeza. La situación se enreda porque estamos muertos de agotamiento. Llevamos en pie desde las cuatro de la mañana sin haber comido más que unos cacahuetes, una tortilla y alguna banana.

La situación es complicada. Acordamos alquilar una chapa para nosotros solos que nos lleve a Gurue. Nos cuesta encontrar a alguien que se preste. Nos cobra unos 80 euros. Cual no será nuestra sorpresa cuando vemos que la chapa que hemos alquilado, se llena de negritud. Puedo contar hasta 18 negritos entre hombres y mujeres, madres, ancianos, niños. Todos se ponen a cargar nuestra chapa perdiendo un tiempo precioso. La cargan hasta arriba de fardos, sacos, todo tipo de utensilios, animales, cajas de bebidas. Empezamos a perder los nervios y a dar gritos. Se echa la tarde encima. Es muy peligroso recorrer caminos de noche en toda África por múltiples razones. Lo más normal es que pinches una rueda y tengas que quedarte a dormir en la selva. Además, suele haber ladrones y saqueadores de caminos.

Es mejor no meterte en pistas cuando la luz se va. Esta gente está ralentizando nuestra salida. Empezamos a gritar vociferando como energúmenos pero como siempre en África, da igual. Hemos pagado una chapa para nosotros a un precio elevado para lo que es África y se viene medio pueblo. Por fin, salimos, el paísaje es bellísimo. La tierra es tan roja que impresiona, cabañas de barro, arcilla, adobe diseminadas por todas partes. El camino a Gurue esta lleno de gente llevando troncos de madera, transportando leña para la lumbre, niños jugando a ambos lados de la calzada, gente en bicicleta, mujeres que nos ven pasar desde la puerta de sus chozas.

La tarde cae y el paísaje no puede ser más hermoso. Estoy aterrada. La carretera es de tierra y los baches me tienen la espalda hecha polvo de tanto bote. Tengo miedo porque se está haciendo de noche. Vamos con la chapa literalmente llena de gente. Echo la vista hacia atrás porque me he colocado delante, junto al conductor, en muy buen sitio y observo detrás unos rostros oscurisimos escrutándome en silencio entre la exigua luz que deja la tarde.

Cada poco tiempo, la chapa se detiene para descargar a los viajeros que por la gorra, nos acompañan y mi enfado se va multiplicando porque significa perder un tiempo precioso. Hay que bajar los fardos que van atados con cuerdas. Estoy dando gritos como una fiera pero en este continente da igual. Al final, van a hacer lo que les da la gana ante tu desesperación de blanco.

Ya es noche cerrada. Mi preocupación por un pinchazo o una averia hacen que lleve en corazón en vilo. No llegamos nunca. En el interior del coche, hay quién dice que quedan cien kilometros, otros que ciento setenta. El “driver” no tiene ni puta idea, por increíble que parezca nunca ha hecho este trayecto. Va preguntando a los contados individuos que quedan por el camino. Cada uno contesta lo que le parece: uno dice que para Gurue quedan cien km, ochenta dice otro, ciento cincuenta contesta el siguiente. Mi desesperación comienza a alcanzar límites peligrosos. Estoy a punto de darles un colleja al conductor por memo y a todos los que vienen detrás por gorrones.

La pista de tierra solo la iluminan los faros de nuestra chapa. Hay algunos animales que cruzan deslumbrados. El paisaje en la noche es pavoroso, espeluznante. Hay hogueras por todas partes. Las chozas de paja y adobe no tienen luz electrica. La gente vive a la luz y calor del fuego como en el Neolítico. La vida en África se hace fuera de la casa. Nunca he visto este espectáculo porque jamás he viajado de noche por caminos de tierra en una chapa alquilada por salir de un apuro. El paisaje es terrorífico. Tengo un miedo que me muero. Si tenemos una avería, caemos en mitad de la nada rodeados de hogueras.

Cada hoyo o socavón del camino hace que aumente mi terror. Llevamos tres o cuatro horas viajando y Gurue no aparece por ninguna parte. Nuestros compañeros gorrones de chapa se han ido bajando durante la travesía. Quedamos cinco personas y el conductor.

Cientos de hogueras en la noche dispersas en las montañas que nos rodean. No nos hemos cruzado con ningún coche desde que salimos de ruta. Lo que acrecienta mi pavor. Si tenemos cualquier percance, no hay ayuda posible.

Recuerdo la historia que me contó Etna, la mujer mozambiqueña de Rafa, el arquitecto que conocimos en Pemba. Tuvo un accidente en la carretera. Su coche volcó después de varias vueltas de campana. Cuando pudo reaccionar, pudo observar con horror como se acercaban a su coche cientos de personas que salían por todas partes como conejos con la única intención de robar, desvalijar cualquier cosa de valor, y luego llamar a una ambulancia y auxiliar a los heridos. Pienso en esto y me echo a temblar.

Tras un viaje angustioso que nunca acaba, por fin, vemos luces, se escucha una voz por detrás que dice, ¡Gurue! ¡Gurue!

Hemos llegado más muertos que vivos. Estamos exhaustos, Nos metemos en la primera pensión que vemos, la pensión Gurue, parece que es la mejor de la ciudad aunque tiene una pinta infame, sin embargo, su restaurante está hasta arriba. No tenemos fuerzas para buscar nada más. Por casualidad conocemos a Paulo, un chico de Oporto que vive aquí. Es un encanto. Vamos a dormir porque hoy hemos hecho una de las etapas más duras de todos los periplos africanos. Hemos sobrevivido. Hoy me he jurado a mi misma no volver a coger una chapa en mi vida.

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